¿Por qué? o ¿Para qué?

Por Juan Ordóñez

¿Alguna vez te has preguntado a dónde te lleva el preguntarnos “Porqué…, cuando algo malo nos ha sucedido? Yo sí y aquí te pongo lo que encontré.

Muy bien, seamos honestos, no podemos negar que al menos una vez en la vida nos hemos preguntado ¿Por qué me está pasando esto?, especialmente cuando las cosas no van por el camino que quisiéramos, o cuando pasamos por situaciones difíciles y/o dolorosas.

Frecuentemente me pongo a reflexionar acerca de cómo operamos nuestro día a día y me gusta observar y escuchar, tanto a mi mismo como a otras personas, esos pequeños “detalles” que literalmente nos definen. En fin, fue en uno de esos momentos cuando me “caché” preguntándome ¿porqué me está pasando esto?, que mi enfoque dio un giro y cambié mi pregunta a ¿para qué me está pasando esto?

El simple hecho de cambiar el “por qué” por un “para qué”, hizo un mundo de diferencia. Usar “por qué”, nos lleva por un camino de victimismo, de mártir, de sentimiento de que hay algo mal con nosotros. Preguntar “para qué”, nos lleva en una dirección de crecimiento, de consciencia, de aprecio, de responsabilidad, y sanación.

Lamentablemente, como si estuviéramos en la Catafixia de Chabelo, parece más fácil y es definitivamente más alentado por el mundo que nos rodea, el elegir “la puerta número 1” (víctima), que elegir “la puerta número 2” (crecimiento y responsabilidad).

¿A qué se debe esto? Pues a que desgraciadamente vivimos en una cultura que celebra y refuerza el victimismo. La mayoría de las veces actuamos, hablamos, y nos sentimos “víctimas”, obviamente no lo somos, es sólo una forma habitual de pensar y de ser a la que estamos acostumbrados.

La mayoría de nosotros aprendimos a ser víctimas a temprana edad, de hecho, el victimismo es algo que a menudo se utiliza como una técnica de supervivencia entre niños y adolescentes. Aun cuando no se siente bien, sentir lástima por nosotros mismos es en realidad una forma de alejarnos de las emociones profundas y dolorosas, como la tristeza, el dolor, la soledad, el miedo, la ira y la desesperación. Todo esto porque no tenemos la inteligencia emocional suficiente para experimentar y expresarnos emocionalmente de una manera transmutadora y/o liberadora.

En nuestra vida como adultos, sin embargo, el papel de víctima no sólo actúa como una “cortina de humo” que nos impide asumir la responsabilidad de nuestras emociones reales, sino que también causa un gran daño en las relaciones (personales y de trabajo), con nuestra salud y entorno.

Preguntarnos “para qué” está pasando algo, en vez de “por qué”, no quiere decir que nos guste lo que está sucediendo. Se trata de elegir ver y/o aprender conscientemente la lección, y tomar ventaja de las situaciones y circunstancias que se presentan en nuestras vidas como oportunidades de crecimiento. El simple cambio en la pregunta nos vuelve a poner en la silla del conductor y enciende el motor de búsqueda hacia una nueva verdad.

Sentirnos víctimas es normal, común, e incluso “natural” para nosotros como seres humanos, pero nunca nos llevará a empoderarnos, a sentir alegría o felicidad. Cuanto más dispuestos estemos a asumir la responsabilidad de lo que aparece en nuestras vidas y buscar lo que podemos aprender de todo lo que experimentamos, más probabilidades tenemos de sanar, cambiar y transformar la vida frente a nosotros. Repítete, “El cambio soy Yo” y camina hacia el futuro, empodérate.